¿Cooperar o no cooperar? Ese es el dilema en el conflicto Israel-Hamas


Por: Sergio Moras Opazo
Secretario Académico PEPP
El conflicto entre Israel y Hamás en Gaza nunca parece terminar y se activa día a día semana a semana. A nuestro juicio debemos dejar de lado, por un momento, las discusiones morales o ideológicas. La cruda realidad es que la violencia es un factor que por su impacto en la era de las comunicaciones instantáneas, advierten que las treguas se rompen y los planes de paz fallidos no son un error de cálculo o mala voluntad entre los actores; son el resultado lógico de un sistema donde la supervivencia y el poder son las únicas reglas que permiten acercarse a un conflicto que hunde sus raíces desde tiempos bíblicos.
El centro y en el corazón de esta tragedia es la anarquía. Aquí no hay un árbitro creíble que pueda imponer el orden en esta región. Esto obliga a cada bando a depender de sí mismo. Bajo esta óptica, ambos son actores racionales que persiguen su propio interés. Israel busca ante todo su seguridad como Estado. Hamás se comporta, a su modo, como un «proto-Estado» que busca consolidar su poder, sobrevivir militarmente y disuadir a su adversario. Sus acciones, por brutales que sean, son cálculos fríos para maximizar su posición en la mesa de poder. Nada es azaroso, son cálculos de actores racionales, por más que a los observadores nos parezcan una irracionalidad por la crueldad y el sufrimiento de las víctimas por ambos bandos
Esta lógica perversa se vuelve aún más dura al aplicar el concepto de la Razón de Estado (Raison d’État), una idea que Maquiavelo puso sobre la mesa hace algunos siglos: la necesidad de asegurar la supervivencia del Estado (o de la facción gobernante) justifica acciones que serían inmorales en la vida privada. Esta idea lo explica todo. Por un lado, el actual liderazgo israelí se ve forzado a buscar una «victoria total» no solo por la seguridad nacional, sino porque su supervivencia política personal depende de ello. La necesidad de salvar al líder se confunde con la de salvar a la nación, el prestigio del príncipe es el prestigio del reino. Por otro lado, la toma de rehenes por parte de Hamás no es solo terror; es una herramienta de negociación cruel, pero estratégicamente racional, que convierte su debilidad militar en una palanca política indispensable.
Además, como nos enseñó el teórico militar Clausewitz, la guerra no es un acto de locura, sino la «continuación de la política por otros medios». Desde esta perspectiva, el ataque de octubre de 2023 no fue un simple estallido de odio, sino un acto político calculado para romper el statu quo. Su objetivo era claro: dinamitar la normalización de las relaciones árabe-israelíes (los Acuerdos de Abraham) y forzar a que la causa palestina regresara al centro de la agenda global. Lo consiguió. Sin embargo, el lado israelí corre un riesgo igualmente político al buscar una victoria total inalcanzable. Si la erradicación completa de Hamás no es un objetivo realista en una guerra asimétrica, la estrategia militar podría terminar en un desgaste y un fracaso político por perseguir un fin imposible.
La persistencia del conflicto se entiende mejor con la Teoría de Juegos, en concreto con el Dilema del Prisionero. Imaginen que Israel y Hamás deben elegir entre cooperar (paz) o desertar (atacar). Debido a que la desconfianza es total y no hay un juez que garantice que el otro cumplirá su palabra, la decisión más racional para cada bando es atacar, por si acaso. El resultado es un círculo vicioso, un equilibrio de conflicto perpetuo que es el peor resultado para todos, pero al que la lógica individual los empuja. Por eso, cualquier plan de paz, como la propuesta de que Hamás entregue las armas, es ilusorio. Para un actor que solo confía en sí mismo, renunciar a sus armas es suicidio estratégico.
Si las partes están en el juego no cooperativo y más bien es de suma cero, necesitan de un tercero que permita mejorar los pagos y mejorar los incentivos por la paz, que no es un estadio sustantivo, mas bien es una situación de no guerra.
En este panorama, la conclusión es desoladora. No podemos esperar una paz genuina basada en la confianza. Lo más probable es que el futuro no traiga una solución, sino una gestión del conflicto. La única «paz» alcanzable será una «paz por impotencia» o «paz por disuasión»: un estado de no-guerra que se mantiene no por buena voluntad, sino porque el costo de iniciar una nueva escalada se vuelve demasiado alto para ambas partes.
Las negociaciones que se llevaron a efecto con la intervención principalmente de EE. UU. y Egipto lograron un acuerdo de cese de hostilidades, y no nos atrevemos decir de paz, la cual ha tenido como consecuencia la liberación de los rehenes y los cuerpos de los fallecidos en cautiverio como también la liberación de más de un millar de palestinos que estaban en las cárceles de Israel.
El acuerdo es un espacio de “no guerra o agresión”, no es una paz como ideal de convivencia entre dos pueblos. Esto ocurre ya que los principios de existencias de las partes son excluyentes, y las condiciones en Medio Oriente no favorecen a la paz precisamente. Siria después de una larga guerra civil está entrando en una fase de pacificación. Por otra parte, el Líbano, es un actor que conviven fracciones violentas enemigas de Israel, e Irán mantiene una guerra proxy, a través de terceros como son los Huties y Hezbollah. Por tanto, el escenario en Medio Oriente es inestable y la paz son espacios de no violencia temporal.
La única paz duradera ha sido Israel con Egipto después de los acuerdos de Camp Davis, que pusieron fin a las hostilidades y guerras entre ellos. Esto fue viable porque el acuerdo ocurrió entre Estados soberanos. Aquí yace una de las variables más críticas para una paz duradera, Hamás no es un Estado e Israel no reconoce al Estado Palestino. Cuando las partes decidan que es mejor la cooperación que la guerra, porque la matriz de pago es mayor, la paz será posible.
Por lo anterior podemos afirmar que la diplomacia que funcione, ella deberá ser práctica y fría, reconociendo que cualquier acuerdo se basará en un cálculo transaccional de intereses y poder, y no en la reconciliación. El camino hacia adelante exige abandonar los objetivos maximalistas y centrarse en acuerdos que, aunque insatisfactorios, impidan la catástrofe permanente.

